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Para la realización del Quinto Congreso: “ELN 50 Años. Raíces, Luchas y Esperanzas Junto Al Pueblo”, fue como otro nacimiento. Se tenía la misma expectativa y la misma esperanza de aquel puñado de hombres, que iniciaron la primera marcha guerrillera ese 4 de julio de 1964.

Se sentía una profunda analogía: La primera marcha es a la toma de Simacota como este V Congreso es al Nuevo gobierno de nación, paz y equidad.

Llegaron las delegadas y delegados de diferentes partes del país, como cuando los puntos cardinales se convocan a un lugar para continuar juntos el mismo camino.

Así llegaron del Suroccidente, donde la esperanza se reproduce más rápido que el Cuy; del Sur de Bolívar con una carta aurífera de la serranía de San Lucas y el heroísmo del Viejón; del Occidente con el espíritu acuífero del Atrato, donde se sumerge la miseria y navega la resistencia indígena y afro descendiente; de la zona Andina con el rojo libertario del café maduro y la huella de los Bolcheviques del Líbano siguiendo el grito del cacique Calarcá. También llegaron del Oriente con la indómita brisa araucana y los Uwas que luchan para que las transnacionales no le roben la sangre a la Madre Tierra; del Nororiente, donde la resistencia guerrillera y popular es un tatuaje en el alma del Catatumbo; del Norte trajeron la melodía en vaivén del mar Caribe, donde todavía un pueblo hambriento lucha y Macondo se dibuja en el rostro de los niños. Llegaron de diferentes ciudades a informar que Camilo camina con su evangelio y su fusil por las universidades y calles colombianas y que además la avenida por donde circula la revolución tiene el semáforo en verde.

Antes de este encuentro, ya un colectivo de héroes y heroínas trabajó arduamente en la construcción del campamento. Aunque no sabían a ciencia cierta para qué era, tenían la corazonada que se iba a reunir la familia Elena y eso les daba fuerzas para ser eficientes.

Al verse todas y todos los rostros, se dieron cuenta que habían muy jóvenes, no tan jóvenes, viejos y no tan viejos como si estuviera cada uno encaramado en un peldaño de la escalera del tiempo.

El salón de sesiones Comandantes Milton Hernández y Yesenia fue testigo de los debates, de las propuestas y de las caricaturas circulando a escondidas por las manos de todos. Pero sobre todo, fue testigo de la democracia viva, que sostiene la obra del Ejército de Liberación Nacional.

Por todo el campamento se miraban los rostros de Marx, Lenin, Bolívar, Martí, Camilo Cienfuegos, Fidel Castro, Chávez, Gaitán, Manuel Marulanda, Camilo Torres Restrepo, Manuel Vásquez Castaño, Manuel Pérez. De igual forma, se reivindicó el aporte de la mujer con retratos de la Cacica Gaitana, Manuela Beltrán, Policarpa Salavarrieta, Antonia Santos, María Cano y la inolvidable comandante Yesenia.

Esos días de Congreso se vivieron intensamente; todos consagrados a sus tareas, tratando de dar todo de sí en esa misión estratégica.

El colectivo de apoyo se ganó el reconocimiento de todas y todos los delegados por su trabajo eficiente en la preparación de las comidas, la seguridad y demás tareas. Esos niveles de eficiencia sólo los da la conciencia y el amor al ELN, así lo expresaban los delegados.

Además de la alegría, el dolor también hizo presencia representando a los ausentes, a nuestros caídos y caídas, desaparecidos y desaparecidas; a nuestras compañeras prisioneras y compañeros prisioneros.

Los delegados llegaron y salieron desafiando la arrogancia de los monstruos de la guerra, que se alimentan de la sangre de los trabajadores y los humildes.

Ya está cada quien de nuevo en su trinchera, para seguir convocando a la conquista de la democracia, la soberanía y el bienestar social; a la defensa de la naturaleza y de la paz definitiva, como hija de las transformaciones sociales.

A 50 años de la toma de Simacota seguimos habitando la esperanza.

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